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lunes, 17 de junio de 2013

LOS LIBROS DE MI CABECERA: INVIERNO DE NOVELAS LARGAS (I): "EL VERANO DE LOS PERROS FLACOS"

Un café te cambia la Vida, o al menos la forma de verla durante las horas que dura el estímulo de la cafeína en sangre (dicen que unas 6) y las endorfinas que generan las actividades que durante ellas emprendes. A pesar de la ansiedad que todavía me genera tomar alguno esporádicamente, atesoro estos momentos en los que pedaleo con fuerza o soy capaz de ponerme a escribir o recupero la locuacidad con mis amigos.

Una novela te cambia la Vida de manera parecida, como el poso negro y contundente de un buen café, que no actuará por ti, pero tampoco te dejará seguir dormitando en la apatía.

Sin proponérmelo, este iniverno -digo invierno porque ha tardado en llegar el calor, porque la enfermedad siempre es fría- he ido encadenando novelas larguísimas. De pequeños, mi hermano y yo -justo al contrario de lo que suelen hacer mis alumnos- buscábamos en los estantes de la librería del pueblo los tomos con más páginas, para que nos duraran más, ya que íbamos a invertir la paga semanal en ellos y, una vez empezados, sobretodo en verano, éramos incapaces de racionárnoslos.

Empecé el año con El Verano de los Perros Flacos, de Pedro Bonache. Lo leí con los bolígrafos de diferentes colores sobre la mesa o el lápiz en la mano si me lo llevaba a la cama, como en mis tiempos de estudiante. El papel de correctora me privó de disfrutar libremente la lectura; pero me devolvió una complacencia que llevaba más de veinte años enterrada: en unos tiempos en que mi profesión (y mi vocación) se desmorona, volví a enfrentarme a una obra literaria con el tesón y el rigor que solía hacerlo en los tiempos de la facultad, cuando tanto me apasionaba la materia. Demasiado escrúpulo, quizá, para el gusto del autor; pero, en fin, es mi manera de hacer las cosas. Desde el punto de vista opuesto, el del autor, no hubo asignatura que odiara más que la de "Crítica literaria", de jovencita no acepté que mis profesores me tocaran ni una coma; aunque más tarde agradecí la profesionalidad de mis amigos cuando les puse delante algún escrito y disfruté de las tertulias removiendo puntos, tildes y raccords.

Dejé la segunda lectura, la del goce, para el repaso antes de edición; pero no llegué a realizarla. A pesar de ello, de no haber sido un mero lector que abre un libro entre sus manos como quien emprende un nuevo viaje o el mismo de siempre (ése papel me gusta más), El Verano de los Perros Flacos removió sensaciones casi olvidadas, que otras novelas consolidarían en los meses venideros, devolviéndome uno de los placeres que más he disfrutado en mi Vida: el de sumergirse en una larga novela.

No estaba acostumbrada, y menos en invierno, cuando parece que los días no tienen horas para tantos horarios, a enfrentarme a tantas páginas. Extrañé el ritmo lento, las digresiones y las recurrencias: además de haberme habituado a libros más breves, siempre me he quitado el sombrero ante los relatos -en palabras de Cortázar, que tampoco aplicó su teoría del cuento a la novela- que van del principio al final certeros como una flecha. Me costó relajarme -y me seguiría costando con las lecturas posteriores-; no obstante, llega un momento en que los personajes de las novelas largas se han instalado en tu casa y los buscas al final del día para que te cuenten cómo les fue y conciliar abrazados el sueño.

... Aun cuando no congenies con ellos, como me pasó a mí con la unidad familiar protagonista (parecen un ente único y eso a mí no me gusta, me refiero a la Vida, no a la novela), los buscas para discrepar o para echarles los trastos a la cabeza, es un indicador de que te has metido en la novela.

Busqué también durante los rigores del invierno entre decrépitas paredes los campos agostados de mi bienamada Castilla, la austeridad de un clima y de un paisaje a los que de tanto en tanto necesito regresar. Aunque no creo que sea sólo por afinidad por lo que esa vertiente de la trama (las escenas en La Mancha, el tema de los galgos) me parecieron lo más logrado de la novela; yo habría profundizado y me habría extendido por ahí (pero yo no soy el autor) Pedro Bonache es magistral en la descripción de espacios naturales y la composición de escenas costumbristas. En tiempos habría deseado ser galgo, como otras veces anhelé ser encina o flor o minúsculo insecto, para que alguien me mirara con tanta sensibilidad e interés, para no ser invisible. Quizá los seres humanos no somos los más afortunados sobre la Tierra.

Va a sonar el timbre. Se acabó el café, que ahora me pone como una moto. Ni siquiera corrijo las faltas que cometo con el teclado, hoy no hay rigor. Es hora de ir a correr o pasear con mis amigas, dejaré las otras novelas para otro jueves (era jueves cuando empecé) Primum vivere, deinde filosofare.

sábado, 8 de junio de 2013

CRONOESCALADA

"Tengo el mismo sopor que el día que llegué a Ávila. Quizá por eso..." -asocié inesperadamente aquel final de etapa de mi Camino de Levante con la aproximación de ayer a la altura de Cuarteles. Iba de camino a la cronoescalda de Bttmoncada sin una chispa de café en el cuerpo ni la más mínima intención de cronoescalar.

A la altura de cuarteles -no sé por qué hay mañanas que asocio con el olor de otras mañanas- me vi subiendo el alto de Arrebatacapas al amanecer (le comento a Kike el deleite que me produce paladear la toponimia) El viento que soplaba en el collado no se llevó mi casco, pero me permitió imaginar al vuelo sombreros de ala ancha y túnicas de peregrinos medievales. Entre este puerto y el de El Boquerón me detuve en un pueblecito a tomar café mientras reseñaba la etapa en mi Moleskine, antes de emprender la última tirada hasta Ávila.


¡Ay, ese puntito de café que hoy me falta! Últimamente ni siquiera me salen las palabras, hace tiempo que no practico (en mis cuadernos me quedé a mitad de un domingo de diciembre de bicicleta y remotas casualidades, no sé si quiero acabar de contarlo, no sé ya si quiero hablar)

Si me hubiese tomado otro cafelito por la tarde... Llegué cansada; a mediodía salí a comerme mi bocadillo favorito (¡calamares a la romana, ah, quién los pillara!) regado con una Voll-Damm en un bar de la plaza porticada (el mismo en el que ya había estado y al que volví en otras ocasiones en busca de mi cerveza preferida) No, no fue el cansancio por lo que no fui -apenas 30 kilómetros me separaban de Muñana, adonde 5 años antes llegué medio lesionada, con Camino en el maletero de la ranchera; prometí que algún día, por remoto que fuera, entraría pedaleando-, no fue el cansancio, no fue el café lo que me hizo pasar de largo.

Tal vez hoy tampoco es la causa de esta extraña melancolía que se me agolpa en las cuencas de los ojos. Rebaso la última rotonda junto a la base militar, enfilo la carreterita de Portaceli con unas ganas de llorar que sólo la somnolencia contiene, ¡incluso para eso estoy aturdida! ¡Nada, ya no me sale nada de adentro!

Dediqué la tarde a reabastecerme sin prisas, como lo haría cualquier otro abulense en vacaciones; me recogí temprano para disfrutar del albergue solitario. Me bastaba y me sobraba con mi presente, no me cansaba de complacerme en él, por primera vez en mi Vida tenía ganas de hacer rápido el viaje y regresar. Paradójicamente, la euforia a veces deforma la realidad de manera tan absurda como los espejos del Callejón del Gato. Quizá por eso ya no la busco. He olvidado lo que se siente en la “parrilla de salida”, al cruzar victorioso la línea de meta, al despertar en un abrazo que creíste Tu Lugar en el Mundo...

Llego al Llano de Lucas tempranísimo (no he perdido las buenas costumbres) Mis compañeros de Bttmoncada empiezan a aparecer poco después. Me ofrezco a encargarme de los tiempos de salida o de llegada, a subir el coche de apoyo a la Font del Poll, a poner la mesa... Rehusan. Prefieren que “cronoescale” -que apenas somos tres chicas-, aunque suba paseando. ¡Bueno, pues me ofrezco a ser la última! Empiezo a calentar.


Me dan el pistoletazo la primera: soy la mayor de la categoría femenina, es decir, la que más tiempo se supone que invertirá. Algo queda dentro de mí que me empuja a hacer lo mejor posible aquello que emprendo, no sé qué es, desde luego no fuerzas ni fe en mí misma... estos meses hasta mi motivación inquebrantable pende de un hilo. Tras unos minutos subiendo pulsaciones (serán 3' a menos del 90%), aprieto todo lo que puedo (llego al 98%, manteniendo 46' a más del 95%: ¡me voy a destrozar los músculos!)


He repetido innumerables veces este recorrido a la cadencia de mis pensamientos. Hoy voy especialmente atenta al terreno, a cada curva, a cada imagen, al tacto del sol y de la brisa sobre mi piel. A pesar de las elevadas pulsaciones, de que se supone que estoy compitiendo, me da tiempo de saborear el paisaje, la compañía, la circunstancia. Es el segundo año que participo en la crono; me siento más tranquila, a pesar de que esta vez no tengo “liebre” que me indique la mejor trazada. “Como en la Vida -me digo- casi siempre me ha tocado avanzar sin liebre. Estoy tan acostumbrada a tomar mis propias decisiones con convicción y placer que nunca había reparado en ello. ¡Sin embargo, ahora necesitaría incluso que alguien me dijera qué bocado llevarme a la boca! ¡Estos años de enfermedad he necesitado a rabiar alguien que estuviera a mi lado en las rampas más duras! ¡Ni siquiera haría falta que me empujara, sólo señalarme por dónde es, que a veces yo no puedo verlo, que hay noches que me muero de miedo!” Los médicos me preguntan si vivo sola, si como sola...

Pienso en Kike, que gane o pierda estará esperándome en casa con Perdido. ¡No me puedo quejar, una sola persona así hace que uno no tenga derecho a lamentarse de la compañía que le ha tocado en la Vida!

Al año siguiente pensé que cuando pudiera comer de todo, repetiría aquel largo viaje, con una óptica más realista, deteniéndome donde me apeteciera, cumpliendo todas las promesas. Entonces todavía creía que una meta así puede emprenderse en cualquier momento de la Vida, que siempre podría echar mano de estas ilusiones. Pero cada una tuvo su momento, que no volverá (saberlo me hizo muy vieja o, eufemísticamente, "madura") Duele durante mucho tiempo no haberlos vivido de veras.

En el mismo punto donde el año pasado Pedro me peló el membrillo, me las apaño para sacarlo yo solita y metérmelo en la boca sin dejar de pedalear (¡a punto está de indigestárseme!) Cuando supero “La Prueba del Hombre” hace rato que sólo existen la Calderona y la carrera. Miro el reloj: no voy tan mal, puede que hasta entre en el tiempo del año pasado, debe de faltar poco para que me rebase la compañera que salió detrás de mí: ha hecho una temporada fuerte, sin embargo yo no he dado pie con bola.

En La Morería los familiares de mis compañeros han colgado una pancarta, a cuyo pie nos aplauden para darnos ánimos. Se me une un ciclista que ha subido fuera de crono: ya tengo liebre. “¡Perdona, es que subiendo soy de un antipático... no me salen las palabras!”. Enfilamos juntos el último repecho antes de la Font del Poll, con el corazón a punto de salírseme del pulsómetro por la boca; el cambio no va muy fino y no me atrevo a bajar plato: si salta la cadena perderé unos segundos preciosos, ¡yo que no venía a competir!, ¡ya sólo queda carrera y Calderona y Caminito y compañeros!


“¡Menudo carrerón!”- me felicitan. Imagino que lo dicen por compromiso, pues les he visto pasar mucho más fuertes, aunque mis compañeras no me ha alcanzado. Ando para bajar pulsaciones, incapaz de coordinar. Me dan mi crono: 49'05'': 38' menos que el año pasado. ¡Ya me vale, con el invierno que he tenido! ¡Ya me vale sin café, sin liebre, sin ánimos, a palo seco!



Lucas, con 8 años, ha participado en su primera crono con su padre. Inma y yo bajamos tranquilamente por La Cartuja acompañándole. Llegamos los últimos al área recreativa donde se sirve el almuerzo. Entre miembros de la peña y familiares somos 93 para el ágape (sólo 34 hemos competido) No tengo liebre ni hijos ni mucho menos mujer que invitar a la fiesta, pero soy parte de ellos. ¡Yo no me puedo quejar de la compañía! Mientras saboreo un bocadillo de jamón, la primera cerveza en mucho tiempo y me atrevo a picotear un poco, me entero de que soy la primera clasificada femenina. He ganado. ¡He ganado mucho saliendo hoy, aunque sé que esta prueba todavía no ha terminado!


“Lo peor que hay en estos casos -y en la Vida, añadiría yo- es no mover ficha”, dice Lourdes, mi psicóloga "digestiva".


jueves, 2 de mayo de 2013

LA COMPAÑÍA


Era la primera vez que me pedían que fuese acompañada. A mí, que siempre he sostenido que más vale ir solo que no ir, que la mayor parte de mi Vida he acudido sola (o soltera, tuviera pareja o no) a todas partes (como las niñas malas), que fui en bicicleta a sacarme las muelas del juicio y a los traumatólogos que no me trataron una tendinitis rotuliana...

Me puse a temblar de nervios. ¡Ahora sí que me cago! ¡Menos mal que acababa de rogarle a la enfermera que fuese todo cuanto antes, que ya no aguanto más la maldita dieta, los amaneceres sin café, las salidas sin cerveza -sintiéndome siempre “la enferma”-, las madrugadas en vilo! Me vine abajo: otro achaque de la edad.

Apenas unas horas después había de sentirme una privilegiada: sólo hizo falta comentarlo para que los dos me dijeran que sí. Pues claro que vendrían. ¡Y se obstinaron en ser mis acompañantes los dos! El viernes pasado atravesé Viveros flanqueada por los hombros firmes sobre los en quedarme dormida. “¡Con la gente tan enferma que habrá aquí y nadie estará tan bien acompañado como yo, que vengo por una tontería!” -me emocioné al entrar en la Quirón. Hasta lloramos de risa en la sala de espera.

Fue la primera vez que la anestesia me hizo perder la consciencia. Al terminar, el médico les llamó para explicarles las pautas a seguir, porque durante una horas yo no estaría muy lúcida, de hecho tuvieron que repetirme algunas instrucciones varias veces, porque al ratito las olvidaba. ¡Santa paciencia!

Los amigos -dediqué unos minutos a la memoria de “mi padre”- ésos que, según él auguraba a gritos durante mi adolescencia, nunca me habían querido por "bicho raro" y me abandonarían a la primera de cambio. Era a él a quien debía querer más que a nadie, cuestión de sangre.

¡Cuántas soledades he sentido, pero nunca estando al lado de mis AMIGOS!

“Tengo que obedecer a mi madre -objetó Kike cuando le animé a salir por la noche-: me ha dicho que debo estar contigo”. Desde pequeña he distinguido fácilmente a los padres generosos de los egoístas. Mi madre también me alienta siempre a ayudar a Kike. Los padres generosos, los que quieren a sus hijos, desean que estén allí donde les tratan bien. (Claro, que nunca falta quien confunde “querer” con “poseer”)
Entre idas y venidas, me acuerdo de mi amigo Paco. Aquellos meses de primavera y verano -¡pese a la profunda tristeza de la lesión y las crisis de ansiedad!- fueron los últimos que me senté a la mesa sin reparo, los únicos desde las cagaleras de hace tres años que comí sin pensar cómo me sentaría cada bocado. Me alegro de haberlos compartido. Recreo con complacencia los ratos en la cocina de El Pedregal (quizá mis últimos platos "elaborados", a base de verduras), los carajillos de Bailey's con nata en las terrazas de Oviedo o al pie de su ruta favorita, la sidra escancidada junto a una hoguera en el prado, los platos de pulpo à feira a la luz de las farolas de Ponte de Lima, una ciudad idílica para pasear al anochecer...

Se me hace dura la dieta, me pone nerviosa tener tantas citas médicas anotadas en mi agenda, a ratos empiezo a desesperarme. Entonces recapacito e intento ser positiva: este invierno caótico ha servido en el mejor de los casos para volver a casa con un pólipo menos, para entender, por fin, qué pasó con mi estómago y con mis músculos (¡aguantaré hasta la última prueba, iré al endocrino, al psicólogo si es necesario!), para que yo aprenda de una vez a cuidarme y recuerde con mayúsculas lo que nunca olvidé: LA AMISTAD, que fue antes que la LITERATURA y el DEPORTE, LA AMISTAD (el AMOR) que es REAL, de ésa que hace COMPAÑÍA.


Madrid 1993
A esos dos que llevan más de 30 años junto a mí. Gracias.

sábado, 20 de abril de 2013

CRONOLOGÍA DEL MILAGRO

Era un milagro llegar a tiempo al primero, así que no pude disfrutar de entretenerme anticipando el segundo, como tanto me gusta hacer. Menos esperaba todavía regresar relativamente entera -lo digo todavía con la boca pequeña, a pocos días de una colonoscopia- física y psicológicamente, tranquila, puede que hasta contenta. ¡Si no fuera porque la abstinencia de café me impide disipar de un plumazo el cansancio!


El 20 de febrero me levanté llorando: me dolía todo el lateral derecho de mi cuerpo, más o menos como hacía justo un par de años. Los días precedentes había repasado una por una las recurrencias entre los pequeños detalles de estas fechas y aquéllas, temiendo que las casualidades fueran premoniciones que auguraran una recaída, la misma caída. ¡Me destroza cometer por enésima vez los mismos errores! Una vez más, había sucumbido a la euforia: me puse demasiado fuerte a principios de año, reí con ganas, mi cuerpo volvió a reducirse al peso de una adolescente anoréxica, las ilusiones y el estrés (inherente este último a nuestra civilizada manera de vivir, de eso sí que no tengo la culpa) se enseñorearon de mi Vida.


“¿Cómo se me ocurre jugármela a un mes de los viajes?”-  me torturé desesperadamente hasta caer en un mutismo endocéntrico -los mismos errores, el mismo abismo- que hizo pasar desapercibida la llegada de la primavera.  ¡Cuánto me complace atisbarla de lejos, verla aproximarse por la vereda, dejarla entrar en casa desnudándome poquito a poco de ropajes, edredones, oscuridad...!

El insondable abismo de la desilusión... ¡Sería un milagro poder hacer los viajes en bici de pascua!

A pesar de todo, el último día de plazo pagué la señal para el de Fin de Temporada de la Peña y, tal como me había ofrecido, empecé las gestiones logísticas del viaje a Soria.

Para alcanzar la gracia del milagro, hice un minucioso acto de contricción, hurgando en la llaga con el afilado punzón de cada uno de mis pecados, los escribí, prometí, juré... ¡A partir de ahora sabría cuidarme, era para eso que me estaba pasando este infierno otra vez! ¡Me comería el arroz blanco del menú de la última comida del viaje de la peña si conseguía llegar a él rodando! (¡No imaginaba cuánto arroz blanco!)

Con tratamiento intensivo de fisioterapia y los entrenamientos reducidos al mínimo, mejoraba, aunque no lo suficiente para disipar las dudas, para poder pensar o sentir algo más allá de mi pierna derecha. No sé si la echaba de menos (la ilusión) o la maldecía. Por primera vez en mi Vida deseé tirar la toalla. ¡Ójala no hubiese oído hablar nunca de esos proyectos! La lucha contra mi propio cuerpo era ya demasiado larga, extenuante. Por primera vez en mi Vida no le encontraba sentido. ¿Por qué no me marcharé como todo el mundo a visitar capitales exóticas, y hartarme de comer y beber al otro lado del cristal, donde no nieva ni hay que molestarse en pedalear ni en inflar la esterilla?

Seguí cuidándome, contestando los mensajes entusiasmados de mis compañeros, por pura rutina. Mientras dejaba hacer al tiempo, me evadía en las 700 páginas de amor entre Inés y Galán. Pensó Galán que la guerra le había quitado muchas cosas, pero le había traído una mujer en la que vivir. Derrotado, desterrado, bendijo su suerte. Algo así soñé vivir una vez -quizá por eso confraternizo enseguida con estos personajes y devoro páginas como en mi infancia: como si ellas fueran a engullir el problema-; pero a mí no quisieron habitarme. ¡Qué lejanos me resultan mis propios sentimientos que les cuento a Inés y a Galán como una mera anécdota!

El 16 de marzo volví a salir con la peña. El 17, sin haber respetado los descansos -¡por enésima vez los mismos errores, la tortura, los remordimientos!-, tuve la feliz idea de introducir en mi rutina unos ejercicios nuevos de musculación de piernas (“¡Pero si a ti piernas no te faltan!”, se llevaría las manos a la cabeza mi instructora de Pilates) Esa misma noche me dolían de arriba a abajo, las dos: aductores, isquiotibiales, vasto interno, cintilla iliotibial, recto anterior... ¡A diez días del viaje!

A pesar de todo y de todos los músculos, seguí yendo al fisio, rodando apenas para no caer en la inmovilidad. Hasta tuve otra feliz idea: coger reservas a base de más proteínas, más hidratos, un cafelito, una cervecita... ¡Cómo si no levantar el ánimo y seguir bambando de acá para allá sin acabar de entender ya por qué!

El 23 de marzo me levanté con el estómago revuelto. ¡A seis días del viaje!

A pesar de todo, de todos los músculos y de mi estómago, el último viernes lectivo, tal como hacía meses que me recreaba en planificar, fui a cortarme el pelo y empecé a llenar las alforjas. Seguí intentando comer de todo sin renunciar al cafelito de la mañana. ¡Cómo si no mantener la apariencia de ilusión!

El 26 mi estómago había empeorado. ¡A dos días del viaje!

A pesar de todo, de todos los músculos, del estómago destrozado y la estupenda forma de febrero echada a perder, a dieta blanda me fui para Soria.

Milagrosamente, mis músculos aguantaron y lo de la forma no fue para tanto. Los últimos días de viaje pude tomarme una cervecita y el de la despedida, un café, que me supo a gloria y euforizó más si cabe la mañana de callejo por Soria.

Fui al fisio, respeté el descanso, intenté incorporar los alimentos poco a poco...

Cuatro días después -¡a un día del viaje de final de temporada!-, se me ocurrió hacerme un bocatita de salmón ahumado después del último, suavísimo, entrenamiento.

El viernes 5 de abril me levanté descompuesta, ¡a una hora del viaje! Ya tenía la mitad del equipaje en el coche.

A pesar de todo, de todos los músculos, del estómago destrozado, la dieta blanda,  la estupenda forma de febrero echada a perder... ¡Ya no podía más! Cada decisión que he tomado en los últimos meses parecía ser errónea, cada salida, cada bocado que me llevo a la boca... Mejor quedarse inmóvil, dejar que el tiempo cubra de olvido las fechas, las ilusiones, la forma física, las cervecitas, los cafés...

A pesar de todo y sin saber por qué, quizá porque para mí era más fácil bajar las escalera, conducir sola hasta la Sierra de Madrid y rodar durante tres días hasta el agotamiento a dieta blanda, que volverme a acostar en la cama, me abracé a Caminito mientras la cargaba en la ranchera y allá que nos fuimos.

"Que es más fácil aprender a vivir sin café, sin chocolate, sin sal y sin azúcar, que aficionarse a los sucedáneos"

(Inés y la Alegría, Almudena Grandes)

jueves, 13 de diciembre de 2012

LOS LIBROS DE MI CABECERA: ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

     Esta semana empiezo los días de evaluación interminables hablando de Miguel Hernández con mis alumnos antes del amanecer.

      Acostumbro a despedir el curso regalándoles unos versos. Sé que no todos apreciarán el detalle, pero me consta que algunos han conservado el papel durante años. Uno de los dos poemas que alterno en este modesto homenaje es la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. La memoricé antes de partir a África: imaginaba que en la cumbre del Kilimanjaro tendría muchas cosas que decir y no acertaría a formular las palabras, así que elegí una poesía. Llegado el momento, sólo conseguí recordar la última estrofa; la he recitado en ocasiones muy diversas a lo largo de estos años, sigo musitándola a veces por las calles y las Montañas... "A las aladas almas de las rosas..."


ELEGIA A RAMÓN SIJÉ .

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.) .

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
 
y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(1 0 de enero de 1936)

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